Audaces y fieles al amor, fieles a un ideal

Frodo, el protagonista de El Señor de los Anillos, es un ejemplo de lealtad humana. Debe cumplir una misión y ser leal a la palabra dada. A lo largo de la historia va cumpliendo su misión, superando muchas dificultades exteriores e interiores, como la tentación de quedarse con el anillo para disfrutar de su poder.

Al fin, Frodo es leal a su misión y supera la tentación de quedarse con el anillo, llevando a cabo una tarea más alta: salvar a los que le rodean. Para eso, se necesita la audacia y la fidelidad al ideal.

Los cristianos tienen también una misión recibida en el bautismo. Tienen una misión a la que deben ser fieles. La esperanza de fidelidad del cristiano que se entrega a Dios descansa en el amor de Dios, que es fiel.

Yo sé de Quien me he fiado, debe recordar con frecuencia el hombre que desea ser fiel a Dios.

En el Antiguo Testamento resplandece esta realidad: Dios es fiel. Las grandes figuras mantienen su fidelidad a Yahveh en medio de la infidelidad general o en situaciones extremadamente difíciles.

Noé es el hombre fiel con el que Dios recomienza la humanidad, tras el Diluvio Universal.

Abrahám es el hombre de “corazón fiel” que permanece fiel en las diversas pruebas, como estar dispuesto a sacrificar a Isaac, su único hijo. Por eso Dios hace una Alianza con él.

Moisés es llamado el servidor fiel.

Proclama el libro de los Proverbios: “El varón fiel será muy alabado” y se condena en el Antiguo Testamento la apostasía del Pueblo Elegido y la infidelidad de algunos personajes, como Salomón:

“El Rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras [...]. Cuando era anciano sus mujeres inclinaron su corazón a otros dioses, comos Astarté, diosa de los sidonios, y Moloch, ídolo de los Amonitas”.

Dios exige que el pueblo guarde lealmente el pacto con el Señor. El cristiano debe ser fiel a los compromisos asumidos en el bautismo. El hombre debe participar de la fidelidad de Dios para alcanzar la santidad. Y esta fidelidad debe ser actualizada en todas las relaciones: con Dios, la Iglesia, el prójimo, en su trabajo, en sus deberes de estado, consigo mismo, etc.

Los Apóstoles y discípulos

Simón Pedro. Declaró públicamente su fidelidad al Señor, pero en los momentos duros de la Pasión le abandonó y le negó tres veces. Más tarde se arrepintió, confió humildemente en el perdón de Dios y cumplió fielmente su vocación y la misión que le encomendó Jesús: ser Cabeza de la Iglesia.

Juan. El apóstol adolescente fue fiel al Señor hasta que le prendieron en el Huerto de los Olivos. Le dejó solo, pero luego acompañó a la Virgen y es el único de los Apóstoles que permaneció a su lado, al pie de la Cruz.

El resto de los apóstoles. Santiago el Mayor, Santiago el Menor, Mateo... prometieron fidelidad al Señor, pero le abandonaron por miedo. Luego se arrepintieron, recibieron el Espiritu Santo, realizaron su misión de Apostóles, y según la tradición, murieron mártires.

Judas Iscariote. Este Apóstol fue llamado por Jesús y al comienzo fue fiel a Jesús y a su vocación de Apóstol. Se dejó corromper y acabó vendiéndole por treinta monedas. Aunque se arrepintió de su acción, desesperó del perdón de Dios y de su salvación, y se suicidó.

Pablo. Tras perseguir al Señor, y tras la gracia de su conversión, cuando iba camino de Damasco, pasó de ser un perseguidor de los cristianos al Apóstol de las Gentes: y llevó fielmente el Evangelio a todo el mundo conocido.

En su gran mayoría, los primeros cristianos, fueron fieles a su fe en medio de una sociedad degradada y pagana, aunque no faltó alguno que se dejó llevar por el ambiente o por los respetos humanos.

La Iglesia

La Iglesia ha permanecido fiel a Cristo a lo largo de veintiún siglos, a pesar de las infidelidades de sus miembros.

En la fidelidad a la Iglesia está la auténtica fidelidad a Jesucristo.

Los verdaderos reformadores, como santa Teresa y san Juan de la Cruz, supieron descubrir la santidad de la Iglesia, a pesar de las infidelidades y miserias de sus miembros humanos.

Ese amor y fidelidad a Cristo y a su Iglesia debe llevar al cristiano:

- a desear formarse bien, conociendo lo que enseña la Iglesia, sin quedarse en un conocimiento superficial, comparándose con los que saben muy poco o nada.

- a no atribuir a la Iglesia, que es Santa, los errores y pecados de los hombres.

- a no hacer daño a la Iglesia con murmuraciones y ataques a la Jerarquía, a sus instituciones o a sus miembros concretos. Y menos, con ataques indiscriminados en los medios de comunicación: prensa, internet, etc., al descubrir fallos y errores.

Los santos nos enseñan el camino que debe seguir el cristiano ante los errores objetivos en la actuación de los hombres: oración, desagravio, corrección fraterna, y si es necesaria, una información llena de justicia y caridad a las autoridades competentes de la Iglesia para poner remedio.

(tomado de Con el Papa)