La vocación, llamada e iniciativa de Dios

VOCACIÓN Y PROYECTO DE VIDA

En cuanto el hombre asume el proyecto de vida como apelación a ser en el mundo aquello a lo que se siente llamado a hacer, podemos decir que ese proyecto es sinónimo de vocación que se cumple en la vida, marcando de tal manera la existencia que el hombre se da cuenta de que vive para esa misión, y a ella endereza todas sus fuerzas. La vocación clarifica, unifica e integra todos los demás aspectos de la vida.

De esta manera podemos hablar tanto de una vocación profesional -ser músico, arquitecto o ingeniero- como de una vocación de padre o madre, es decir, de la vocación propia de un estado de vida determinado. Ambas formas, además, pueden coincidir en una misma persona, pudiéndose hablar de vocaciones que se funden en una sola. Estamos hablando de vocación en un sentido puramente humano, como el proyecto de vida, o aspectos del mismo, que el hombre escoge y realiza con base en la determinación de su voluntad.

Pero es igualmente cierto que la palabra vocación tiene una resonancia peculiar en la vida cristiana como la llamada de Dios a un hombre, bien sea en general como apelación y respuesta a la vida cristiana, o como escogencia particular para servir a Dios de una manera específica y concreta. En ese sentido se habla de vocación laical, sacerdotal, etc. Todas ellas tienen como raíz común el ser llamadas a realizar la existencia cristiana, y como diferencia específica el que la realizan de modo diferente, en circunstancias de vida distintas y con obligaciones peculiares.

La vocación, llamada e iniciativa de Dios

Dicho lo anterior, habría que afirmar que la vocación en cuanto llamada a la vida cristiana o dentro de ella a una tarea más específica todavía, no se sobrepone al proyecto de vida de la persona -podríamos decir a su esencial vocación humana- sino que éste entra a formar parte de aquella en unidad de vida y de sentido de la existencia. Si fuera algo yuxtapuesto, pasaría a convertirse en un sobreañadido, en algo que el hombre podría tomarse a la ligera. Y precisamente, tenemos la conciencia de que es todo lo contrario: es algo que caracteriza la vida entera, dándole una marca indeleble e irrepetible.

En la vocación cristiana como llamado a la fe, Dios toma la iniciativa: “Yo te he llamado por tu nombre. Tu eres mío”(Is. 43,1) dice el Señor. Y San Pablo: “Dios nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia” (2Tim. 1,9-10). Esta llamada revela el porqué y el para qué de nuestra existencia. En ella se encuentra el sentido definitivo de la existencia. Es llamada personal y total que configura, define y afirma la existencia del hombre.

Esta vocación hace que el hombre proyecte la vida con un enfoque enteramente nuevo: “Dado al olvido de lo que queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vida de Dios en Cristo Jesús (Phil. 3,14). Desde ella se afronta y entiende el futuro, lo cual quiere decir también la libertad y la esperanza.

El cristiano responde a la llamada creyendo, con una fe que lleva al compromiso vital con esas verdades, a hacerlas vida vivida. Tener fe es decir que sí a Dios y luchar para disponer de sí para él, o mejor, para que El disponga de nosotros. Por contraposición, el hombre sin fe se cierra sobre sí mismo. El pecado, la angustia, la indiferencia y el no futuro están entrelazados.

El hombre de fe remueve obstáculos para facilitar la acción de Dios en él. El hombre sin fe pone obstáculos, problematiza su existencia, y lo hace porque tiene libertad física de hacerlo (“Dios creo al hombre y lo dejó en manos de su libre arbitrio”). Lo que no tiene libertad el hombre es de escoger a Dios como fin último.

Dios nos da la vida y la gracia de la fe que respeta nuestra libertad (“Creemos porque amamos y amamos porque queremos“ -Newman- y “nadie puede, no queriendo, querer”, S. Anselmo).

La fe no es oscuridad, es luz que clarifica la existencia humana :”Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Io. 12, 44). En este mismo sentido la fe “es una luz que viene a saciar las ansiedades del corazón humano y a darle fecundidad”, “es una ceguera llena de luz”, “para el alma humilde, la fe es maravillosamente luminosa” (J.Escrivá).

Vocación configuradora del proyecto de vida

Es lógico, dentro de la lógica de lo sobrenatural, que no siempre coincide con la lógica de lo humano, que la llamada de Dios cree una conmoción interior, porque es tan importante que replantea la vida.

Todos los aspectos del proyecto de vida que el hombre se ha hecho entran en crisis o cambian a la luz de la vocación, que es como una nueva vida o “una visión nueva de la vida; es como si se encendiera una luz dentro de nosotros”.

Como proyecto de vida la vocación es proyecto total de existencia. Nada queda por fuera de ella. Como lleva a “mirar la vida en todas sus dimensiones desde una nueva perspectiva: la que nos da Dios” (J.Escrivá), puede suponer cambios pero no necesariamente implica un cambio de actividad profesional, que se justifica cuando el llevar a cabo el proyecto total así lo requiere.

Pero de todas formas la vocación implica una renovación que penetra la vida entera. Es decir, nada queda al margen de ella, todo tiene un nuevo sentido.Hay cosas en nuestra vida que la vocación revoca, porque no pueden seguir igual, exigen una conformación con lo que Dios quiere: “Renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo creado según Dios en justicia y santidad verdaderas (Eph. 4, 24). “No nos llamó Dios a la inmundicia sino a la santidad” (1Tes. 4,7). Pero al mismo tiempo la vocación confirma en la vida: “Persevere cada uno ante Dios en la condición en que por El fue llamado” (1 Cor. 7,24).

No por ello desaparecen del hombre la incertidumbre y riesgos propios de la fe y de la vida cristiana, o lo que podemos denominar el carácter dramático de la existencia.

Al contrario: la vocación crea un clima de un abandono de toda seguridad mundana, es decir, exige un abandono en Dios acerca del futuro, lo cual no quiere decir dejar de poner los medios, sino ponerlo todo en las manos de Dios. Poner lo que al hombre toca de su parte, con la esperanza de que Dios pondrá el resto.

La vocación como responsabilidad

La res sponsa era el símbolo del compromiso, lo que el esposo entregaba a la esposa en señal de compromiso con lo prometido. De la vocación surge libremente la respuesta del hombre a Dios que es para siempre. El hombre es capaz de compromisos definitivos porque su querer le permite comprometer el futuro en forma de propósito. No significa ello una garantía absoluta, que sólo la puede dar Dios, pero sí la disposición de “jugárselo todo”.

La vocación como compromiso exige dar la vida, entregarla sin cálculo, generosamente, con la seguridad puesta en quien llama: “los carismas y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom. 11,29 ). Con una disposición así, se construye la fidelidad aunque está claro que ella no depende de las solas fuerzas humanas. E hombre tiene que ser consciente de lo que representa un compromiso para siempre.

La responsabilidad significa en la práctica luchar por cumplir la voluntad de Dios, vencimiento personal para quitar todo lo que estorba la acción de Dios sobre nosotros, salir al encuentro de Dios permanentemente, con la novedad que da el amor que se renueva cada día y con la humildad de quien se conoce bien y sabe lo que necesita y por eso pone los medios, y con la confianza de quien examina su conciencia y rectifica el rumbo a cada paso.

Si miramos alrededor nuestro encontraremos una razón poderosa para responder fielmente con la propia vida, precisamente porque se ve que muchos no quieren luchar pues les falta fe (“los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras era malas” (Io. 3, 16). Hay un clima de confusión, de pecado, de abandono de sacramentos, de desorden y de justificaciones de los errores y del incumplimiento de las leyes morales, de insensibilidad a las cosas de Dios y, a la larga, a las cosas de los hombres, de oportunismo, de tristeza, ambigüedad, oscuridad...

Frente a todo ello, resalta la necesidad de tener los ojos limpios (“la lámpara de tu cuerpo es tu ojo: si tu ojo es puro, todo tu cuerpo estará iluminado”) para ver a Dios, lo que quiere decir, tener una conciencia bien formada, tener hambre de la verdad de Dios para alimentar a quienes están en la oscuridad. Porque sólo respondiendo bien a la llamada de Dios podremos rescatar a muchos corazones que no tienen luz, a muchas vidas que no tienen esperanza (“Quien me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”, Io. 8, 12).

Vocación y felicidad

Quien ha sido llamado tiene la más alta dignidad que el hombre puede recibir y tiene razón para gritar: “Venid y caminemos con la luz del señor (Is. 2, 7). Es tomarse en serio y Dios y tomar parte en la aventura mayor que el hombre puede emprender: ser llamado para transmitir la fe, para ayudar a los demás a descubrir y vivir su vocación, para comportarse “de acuerdo a la dignidad de la vocación a la que habéis sido llamados” (Eph. 4,1), “a caminar en novedad de vida”, a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

Todo lo anterior indica que la vocación es para dar frutos, para ser fecundos en vida interior y en el apostolado, en el servicio cristiano de dar la vida y ser solidarios con nuestros semejantes. Es la única forma de asegurar la vocación (“Procurad asegurad vuestra vocación y elección cuanto que haciendo así, jamás tropezaréis”2 Pet. 1, 10).

La vocación hay que pensarla siempre en términos de correspondencia, de ver que siempre es más importante ver lo que pone Dios que lo que ponemos los hombres. “Iluminando los ojos de vuestro corazón, para que entendáis cuál es la esperanza del que os ha llamado, cuáles las riquezas y la gloria de su herencia otorgada a los santos” (Eph.1,18).

La correspondencia, la perseverancia y la fidelidad a la vocación se tejen cada día creyendo, amando, trabajando, sirviendo, dándose, invocando, perdonando, comprendiendo, renovando la decisión de entrega con la ilusión del primer día y con la esperanza en lo que Dios dará a quienes han puesto su confianza en El y quieren hacer de su vida una donación a los demás por El.

No nos salvamos ni nos perdemos solos. Hay que luchar con optimismo, con la alegría de vivir cara a Dios, comenzando y recomenzando en cada momento y en cada oportunidad. “hay una sola enfermedad mortal...conformarnos con la derrota, no saber luchar con espíritu deportivo, con espíritu de hijos de Dios” (J. Escrivá). Sin duda Dios nos espera siempre, nos busca siempre, nos ayuda siempre. Y los demás también, porque su vida debe ser un reclamo para amar mejor y servir mejor. Debemos concluir que nos falta ser más santos para que ellos sean felices de verdad.
Y el precio de la felicidad es la entrega, que exige sinceridad de vida, lealtad a Dios, piedad auténtica, una vida recta, laboriosidad alegre, vida interior serena, amor a la Cruz, lucha por mejorar en las virtudes humanas, práctica asidua de los sacramentos, un sentido profundo de la filiación divina, y una conversión permanente al sentido sobrenatural de la vida cristiana.

(tomado de UcaDerecho)