Se han dado entre los cristianos, a lo largo de los siglos, algunas confusiones -que aún perviven- sobre el verdadero sentido de la vocación cristiana.
Algunas confusiones frecuentes:
Confusión: plantear la búsqueda de la vocación de forma angustiosa, o como una búsqueda a ciegas.
Buscar la vocación no es un empeño angustioso por encontrar, a contra reloj, una llave única torneada de antemano por Dios de un modo rígido.
Explica García Morato en su libro Elegidos para amar que la respuesta a la llamada de Dios no suele consistir en la mera aceptación de un previo designio divino cognoscible de un modo claro y unívoco, que no deja lugar a ninguna duda (cosa que, por otra parte, se da en muy pocas ocasiones, pues exigiría una revelación personal a cada criatura); ni es tampoco una búsqueda a ciegas, en la que la iniciativa personal no cuente para nada.
Por decirlo con un ejemplo, no se parece en nada al empeño angustioso por encontrar -y a demás, contra reloj- una especie de llave única que ya está torneada de antemano por Dios, de un modo rígido y sin la colaboración de cada una y de cad uno, para que encaje en la cerradura de nuestra vida.
... mas bien se trata de entender que mi libertad personal, las decisiones que voy tomando honradamente y con generosidad, procurando acertar, contribuyen
-de un modo misterioso, pero no por ello menos real- a configurar mi vocacón personal.
Se trata de un punto clave y, a la vez, una orientación lleba de serenidad ante la inevitable urgencia de conocer y responder a cualquier llamada divina.
Porque a una persona que desea hacer la voluntad de Dios, le puede resultar angustioso pensar en la posibilidad de dejarla pasar en un momento determinado, a pesar de haber puesto subjetivamente los medios para "escuchar".
Sn duda quien no escucha porque no pone los medios -"no hay peor sordo que el que no quiere oir", dice el refrán-, comenzaría a partir de ese momento por adentrarse en un camino erróneo -o, cuanto menos, desacertado-; un camino que no tendría que ser necesariamente malo, ni contrario a Dios; más aún, que incluso le podría dar muchas satisfacciones, sin duda; pero que no le podrá hacer feliz de verdad.
Pero a quien se empeña por escuchar y, a la vez, va descubriendo el papel de la libertad en la respuesta y la configuración posterior de la propia vocación, le da, sin duda, tranquilidad.
No esa tranquilidad momentánea de quien no se enfrenta con la llamada, sino la paz y la serenidad que da el pensar: Aquí estoy, yo te escucho, e iremos configurando la vida poco a poco, marcando Tú el ritmo.
Y si no se resuelve de inmediato, ya se irá perfilando con el tiempo, mientras se mantenga esa actitud interior de urgencia sobrenatural. Es como si Dios dijera: Reza, vete tomando decisiones... , y ten por seguro que eso te va acercando a la meta, porque hará que llegue el momento en que se identifiquen nuestras dos voluntades.
De este modo, cuando todos los acontecimientos paracen confluir en una misma direccción, se avanza por ese camino confiando en la Providencia amorosa de Dios sin exigir ni pretender una seguridad tal que haría casi imposible dar un solo paso.
Esta actitud es precisamente la que permite arriesgar, con uns seguridad intuitiva que da Dios y que aparece muchas veces como locura incluso a los ojos humanos bienintencionados.
Confusión: Pensar que la llamada de Dios va dirigida a unos pocos, unos cuantos privilegiados.
—Los primeros cristianos tenían una conciencia clara de la llamada universal (es decir, general, dirigida a todos) a la santidad que se lee en el Evangelio: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, 5, 48; Lucas, 19,2).
(tomado de Con el Papa)
¿Qué no es la vocación?
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